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La relación
con el gobierno de Estados Unidos debe ser
de mutuo respeto y
colaboración. Debemos procurar una política
de buena vecindad.
La razón es
sencilla: poseemos una frontera común, de 3,200 kilómetros de largo,
con
los Estados Unidos.
La proximidad geográfica al principal mercado del mundo y
su posición como frontera cultural, le confieren a México una posición
estratégica de gran relevancia. Se trata, ni más ni menos, de la
relación
bilateral más intensa del mundo.
"Fatalidad para unos, oportunidad para otros", escribe Carlos Fuentes, "la
vecindad le da a México una figuración única, irrepetible,
en Iberoamérica”.
“Heredamos los hechos que derivan de nuestra peculiar situación geográfica.
Sea quien sea el próximo presidente de México -agrega Fuentes-
deberá responder a factores tan determinantes como el comercio entre los
dos países, el mercado de trabajo compartido,
el tráfico de drogas, la protección del medio ambiente, para sólo
mencionar
cuatro temas de la agenda bilateral".
Además, existe una agenda internacional en la cual, también, México
y los EE.UU. comparten el interés por la seguridad pero difieren a veces
acerca de la mejor manera de
tenerla.
¿Por vía multilateral o unilateral? ¿respetando los tratados internacionales
o pasando por encima de ellos?
Debemos impulsar también una reforma integral en la Organización
de las Naciones Unidas (ONU), con el propósito de hacer de este organismo
un sistema multilateral eficaz basado en el derecho internacional, que reconozca
los vínculos indisolubles entre seguridad y desarrollo económico
y protección de los derechos humanos. "En el duro combate internacional
de 2003".
Señala Carlos Fuentes: "los EE.UU. echaron la caballería pesada
para obtener una
resolución de fuerza contra Sadam Hussein, invocando la existencia de
armas
de destrucción masiva en poder de Irak. El inspector de armas de la ONU,
Hans Blix, pidió tiempo para investigar el aserto.
Washington sabía –o temía--
que la inspección podía
frustrar la decisión ya tomada, como afirma Richard A. Clarke en su
libro “Contra todos los enemigos”, de invadir Irak.
México y Chile unieron fuerzas --gran ejemplo de solidaridad latinoamericana--
para defender la primacía del derecho. A la postre, la invasión
de Irak se llevó a cabo sin la autorización legal del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas. Nuestros siempre temblorosos polkos previeron
represalias contra México.
Eso no ocurrió. Tanto lo bueno como lo malo de nuestra relación
bilateral, sostiene Carlos Fuentes, tiene otras causas. La dignidad y capacidad
negociadora corren juntas en la relación México-Norteamérica. Ésta
transitó del conflicto abierto a la decisión de
negociar durante las presidencias, felizmente simultáneas.
Desde entonces, con sus altas y sus bajas, México ha mantenido el principio
de la
negociación como base de la relación. A veces, como Aguilar Zinser
en la ONU, fue necesario disentir claramente. Lo hizo Padilla Nervo en Caracas
al resistir acciones norteamericanas encaminadas a derrocar al gobierno democráticamente
electo en Guatemala.
Lo hizo Manuel Tello en Punta del Este al negarse a romper relaciones con la
Cuba de Castro. Lo hizo Jorge Castañeda padre al firmar el acuerdo con
Francia contra la intervención norteamericana en El Salvador.
Lo hizo Bernardo Sepúlveda al impulsar la acción de Contadora
contra la errada percepción centroamericana de Reagan.
En todos estos casos, como en el de Irak, la adhesión a principios nos
redituó no sólo prestigio y autoridad, sino márgenes de
actuación considerables. Porque sólo sobre la adherencia a los
principios y a la ley, puede México, insiste Carlos Fuentes, negociar
firmemente con su incómodo vecino del norte.
"En todos los frentes de la relación , hay nuevas realidades demandando
nuevas legalidades. Los beneficios comerciales del TLC deben ser equilibrados
con los beneficios postergados al trabajo y al medio ambiente.
"Felipe González negoció el ingreso de España a la Unión
Europea con la obligación comunitaria de otorgarle fondos subsidiarios
a España carente entonces de una infraestructura", afirma Carlos
Fuentes, "comparable a las de Francia o Alemania.
Hoy ya son comparables. En cambio las diferencias abismales entre México
y EE.UU. se acentúan, con el costo a cargo de nuestra pétrea
y pretérita miseria. Va a ser difícil que el próximo presidente
renegocie el TLC, escribe el novelista mexicano. si puede impulsar acuerdos
que condicionen la seguridad fronteriza que México otorga a los EE.UU.
a una creciente cooperación económica internacional para nuestro
país.
Pero todos sabemos que en ausencia de cooperación internacional, México
cuenta con
abundante capital humano, a menudo desperdiciado. Nuestra fuerza de trabajo
será siempre la primera instancia del verdadero desarrollo".
El principal tema de la agenda con el gobierno estadounidense tiene que ser
la migración: no puede ser otro el asunto nuclear de la política
exterior de nuestro país.
México es la nación que exporta el mayor número de migrantes
hacia Estados Unidos.
En el 2000, los inmigrantes mexicanos sumaron 9.5 millones de personas, lo
que representa casi el 30 por ciento del total de la población emigrante
de Estados Unidos.
Tan sólo en el estado de California el poder adquisitivo de la comunidad
migratoria mexicana ha aumentado en un 65 por ciento desde 1990 y solo en el
condado de Los Ángeles los negocios de los inmigrantes mexicanos crecieron
de 57 mil en 1987 a medio millón en la actualidad.
A pesar de que contamos con 45 consulados en Estados Unidos –más
que
cualquier otro país del mundo-, los flujos migratorios masivos y su
creciente rechazo en la frontera constituyen una de las principales fuentes
de fricción entre las dos naciones.
Por ello es necesaria la cooperación entre ambos gobiernos para buscar
soluciones de fondo que atemperen el fenómeno migratorio, propiciando
sobre todo y ante todo el desarrollo y la política social de México.
Hay que evitar, en todo momento y ante cualquier circunstancia, la violación
de los derechos humanos y laborales de los mexicanos quienes, por necesidad,
cruzan la frontera para trabajar en Estados Unidos. Un gobierno soberano no
puede suscribir un tratado que permite que se disparen balas de goma a sus
conciudadanos.
Al respecto es importante apoyar la aprobación de la Ley de Protección
de Migrantes y Emigrantes, ahora sujeta al análisis y el debate en el
Senado de la República. Esta iniciativa propone garantizar jurídicamente
la protección efectiva de la dignidad de las personas, así como
una mayor protección, tanto de los mexicanos que se encuentran fuera
del país, como a los extranjeros que transitan de forma temporal o se
establecen en nuestro país de manera permanente, en busca de mejores
oportunidades de vida.
Además se requiere buscar un acuerdo de cooperación con el gobierno
de Estados Unidos para disminuir las tendencias a la migración, mediante
programas del campo que impulsen el desarrollo regional. Una buena propuesta
sería recurrir a los fondos estructurales en TLCAN.
Antecedentes
La experiencia de los fondos estructurales en la Unión Europea ha sido
más que exitosa. La transferencia de recursos de los países más
ricos a los más pobres, aunada a la integración misma, permitió que
países como Grecia, Portugal e Irlanda detonaran sus economías
y redujeran la brecha entre riqueza y pobreza en Europa.
La idea resultó viable porque se gestó un consenso que alcanzó a
las potencias económicas, encabezadas por Alemania y Francia, en el
sentido de que la disminución de las desigualdades entre los miembros
de la Unión y la prosperidad de los rezagados era provechosa para todos,
empezando por los que aportarían la mayor cantidad del dinero.
Los resultados están a la vista y para muestra basta un botón:
en buena medida,
gracias a los fondos aportados por Alemania, Irlanda pasó de ser un
país rural, pobre y atrasado a tener el segundo PIB per cápita
más alto de Europa y a ser líder mundial en tecnologías
de la información.
Los irlandeses dejaron de emigrar, constituyen ahora un mercado más
rentable, absorben un mayor porcentaje del presupuesto europeo y, sobre todo,
aportan un área
clave de conocimiento a la región.
Propuesta
Crear una estructura financiera similar a los fondos estructurales europeos
para apoyar el desarrollo y disminuir las desigualdades en América
del Norte. Los tres países aportarían recursos en proporción
al tamaño de su economía y de sus ingresos para emplearse en
proyectos productivos en la región. Podría aprovecharse la
plataforma del Nafta Bank, expandiendo sus funciones más allá del
apoyo a las fronteras y al medio ambiente.
Argumentos
América del Norte no es una unión política sino una comunidad
económica fundada en el libre comercio. Pero no es necesario ir más
allá para encontrar razones capaces de persuadir a Estados Unidos y
Canadá de que es muy conveniente para ellos que México se desarrolle.
En el caso de nuestros inmediatos vecinos del norte, quienes aportarían
la mayor parte de los fondos estructurales, basta con articular en términos
de costo-beneficio un
argumento que ya se ha esgrimido hasta la saciedad: el único medio eficaz
para disminuir la creciente inmigración de mexicanos en su país,
que hoy es fuente de enorme preocupación para muchos políticos,
activistas e intelectuales, es el crecimiento de nuestra economía y
la creación de empleos remunerativos de este lado de la frontera.
Combatir la inmigración con un criterio policiaco ha probado ser un
fracaso. Estados Unidos, el campeón de la economía de mercado,
debe entender que mientras exista la
demanda de mano de obra barata en su país y la oferta en el nuestro,
el flujo se dará por encima --o por debajo-- de bardas y muros y las
medidas represivas resultarán disfuncionales.
No hay mejor manera de combatir el fenómeno que destinar los recursos
que hoy se desperdician en cerrar la frontera, y algo más, a inversiones
en proyectos productivos en México.
Estrategia
Es obvio que Estados Unidos intentaría condicionar la creación
de dichos fondos a la obtención de algún beneficio adicional
como la apertura de nuestro sector energético a sus inversionistas o
nuestra autorización para el mayor involucramiento de sus operativos
de seguridad en nuestro territorio.
Por eso sería conveniente, por un lado, determinar de antemano lo que
no es negociable y, por otro, que la SRE diseñara una estrategia de
cabildeo previo entre grupos "hispánicos", empresarios e incluso
legisladores estadounidenses preocupados por la inmigración, de modo
que la presión también surgiera de parte de grupos de presión
de su propio país.
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