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Desde
el nacimiento de la nación a la
vida independiente y durante todo el siglo XIX,
las tareas más importantes de la política
exterior de México fueron, en un principio,
la consolidación de la independencia y,
más adelante, la integridad del territorio
y la defensa de la soberanía. Por las
intervenciones extranjeras. Que el país
padeció, la política exterior se
centró en la defensa eficaz de los intereses
nacionales y su derecho a la autodeterminación.
Según los liberales del siglo XIX, el
país tenía el derecho de gobernarse
con independencia de la voluntad y el poder ajenos.
A partir de entonces, se fueron asentando las
bases de la diplomacia mexicana, sobre los principios
de no intervención y el respeto internacional
a la soberanía de nuestras leyes.
No obstante, durante el siglo XX, la historia
de nuestro país fue, en buena medida,
afectada por los cambios mundiales y, en particular,
por los acontecimientos en los Estados Unidos.
La depresión mundial que siguió a la crisis de 1929 y la política
emprendida por el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, crearon
condiciones favorables para las reformas que se implantaron durante el periodo
cardenista.
Más tarde, el auge estadounidense, surgido tras la Segunda Guerra Mundial,
facilitó la industrialización del país y, recientemente,
la desaparición del bloque socialista y la globalización de los
mercados, propiciaron, a partir de los ochenta, la reformas neoliberales de México.
A pesar de este contexto internacional, durante la mayor parte del siglo XX México
mantuvo vigente el principio de autodeterminación y defendió el
derecho de toda comunidad nacional de elaborar su propio modelo de régimen
económico, político y social y a seguir su propio camino.
A partir de los ochenta, aunque con notables excepciones como, por ejemplo, las
negociaciones en la Isla de Contadora que, sin duda, evitaron la invasión
estadounidense de Nicaragua, estos principios comenzaron a opacarse En ello mucho
tuvieron que ver el debilitamiento de la economía interna y la adopción
acrítica del modelo neoliberal.
La falta de legitimidad del gobierno de Carlos Salinas, enfrentado a constantes
protestas y movilizaciones poselectorales, condujo a un mayor aliniamiento con
las políticas propiciadas por el gobierno estadounidense. En vez de buscar
la reconciliación interna mediante la apertura democrática, se
buscó el apoyo y la legitimación en el extranjero.
Asimismo, en 1995, ante la crisis financiera provocada por la ineficiencia de
los tecnócratas y la corrupción del salinismo, el gobierno de Ernesto
Zedillo dio al gobierno estadounidense, como aval del crédito de emergencia
que gestionó por 20 mil millones de dólares, el ingreso de las
exportaciones de petróleo. Sobre esto podría argumentarse que no
había otra salida, pero el fondo del asunto es que se puso en riesgo la
soberanía nacional por la irresponsabilidad en el manejo de los asuntos
internos.
Después del triunfo de Vicente Fox, nuestra política exterior se
ha conducido con desmesura. El resultado más notorio ha sido la afanosa
intervención en el Consejo de Seguridad de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU)que, en la práctica, sólo vino a complicar
más nuestra situación internacional.
En realidad, el llamado “gobierno del cambio” le imprimió a
nuestra política exterior un protagonismo dispendioso e innecesario que
se aleja de los principios constitucionales y de la buena tradición diplomática
de nuestro país.
Nuestra Propuesta
La política exterior que proponemos debe sustentarse en el fortalecimiento
de la política interior, en la cautela diplomática y el apego a
los principios de autodeterminación de los pueblos, la no intervención,
la solución pacífica de los conflictos, la proscripción
de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad
jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo,
y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.
De Manera
Puntual Proponemos lo Siguiente:
La política exterior debe ser la extensión de la política
interna. Dicho de otra manera, la mejor política exterior es la interior.
Si las cosas funcionan en el país, si hay desarrollo y estabilidad política
con democracia, seremos respetados y respetables.
La experiencia histórica nos enseña que si nos encuentran débiles
y divididos, somos más vulnerables y siempre surgirá la tentación
de absorbernos o subordinarnos.
Es conveniente optar por una política exterior mesurada,
sin asumir posiciones protagónicas. El respeto al principio de no intervención
también nos obliga a ser prudentes. La política exterior mexicana
debe asumir los criterios específicos y los esquemas de vigilancia necesarios
para asegurar que el país cumpla con sus responsabilidades globales
sin detrimento de la soberanía nacional.
La extravagancia no conduce a nada bueno. Es preferible optar por la seriedad,
el apego a principios y la moderación. Los sueños de ver a México
como un gran protagonista en el concierto de las naciones son sólo eso:
espejismos protagónicos para alimentar ambiciones personales que nada
tienen que ver con el país real.
Hay que descartar el protagonismo ingenuo y carente de todo realismo. Atrás
deben quedar, por ejemplo, aquella desafortunada decisión del Presidente
Echeverría Álvarez de enviar al secretario de Relaciones Exteriores
a intentar negociar la paz entre israelitas y palestinos; la maniobras de Carlos
Salinas de Gortari para buscar la presidencia de la Organización Mundial
de Comercio o la ingenua intención del Presidente Fox de colaborar en
la unificación de las dos Coreas.
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La política exterior debe apegarse con carácter estricto
a principios. Hay que procurar la paz y la ayuda entre los pueblos y fundarse
en un principio: el poder de la fuerza no da derecho y únicamente la
autodeterminación, la no intervención y la cooperación
pueden favorecer una paz sólida y firme.
El imperativo de que ningún Estado intervenga en los asuntos de otro
Estado es un deber internacional, marcado por la historia y arraigado en la
conciencia de los pueblos. Es un principio no negociable. Escapa a la lógica
de fuerza y se rige por la fuerza de la moral.
Pero no hacer una
política exterior protagónica no
significa pasividad o aislamiento. En un mundo globalizado, es imprescindible
estar atentos y participar en la solución de los grandes problemas de
la humanidad, oero nuestra atención debe centrarse en el multilateralismo,
que es el único ámbito de la diplomacia capaz de establecer una
relativa igualdad jurídica entre los intereses nacionales y los más
amplios y de mayor horizonte.
Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, la ONU resumió los intereses
de la comunidad internacional: los problemas de la seguridad colectiva; el
desarme; la no proliferación de las armas nucleares; el colonialismo;
las obligaciones y los derechos de los Estados, y el principio de la universalidad
en la admisión de los nuevos miembros.
También es en la ONU donde deben atenderse los más candentes
problemas mundiales de hoy, como la pobreza extrema que tanto lacera ( en particular
a África), el crecimiento de la economía informal, la emigración,
la protección y defensa del medio ambiente, la epidemia del Síndrome
de Inmunodeficiencia Adquirida y otros. Es en este ámbito donde debemos
participar, apoyados en la experiencia y creatividad de nuestra diplomacia,
en busca de soluciones que propicien una globalización más
equitativa e incluyente.
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Debemos brindar
atención
especial a la frontera sur con el fin de
evitar el mal trato y respetar los derechos
humanos de
los migrantes
centroamericanos.
Asimismo debemos mantener relaciones de amistad y cooperación con los
países de Iberoamérica y el Caribe y buscar una mayor integración
económica y comercial.
A México le conviene acercarse, no sólo en los económico,
sino en lo político y lo cultural a países de Asia, Oceanía
y Europa. Estas relaciones nos ofrecen la posibilidad de diversificar nuestra
política exterior, tanto en el marco del libre comercio como en la búsqueda
de un orden internacional construido entre todos, y en el que globalización
no quiera decir hegemonía.
ANEXOS
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