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Lunes, 13 de Octubre de 2008
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Garantizaremos la tranquilidad y la seguridad pública. El combate a la delincuencia es mucho más que un asunto de policías y ladrones. La solución de fondo la más eficaz y probablemente la menos cara- pasa por combatir el desempleo, la pobreza, la desintegración familiar, la pérdida de valores y la ausencia de alternativas. Pero no basta con impulsar el desarrollo social. Hay que desterrar la corrupción en los cuerpos policiacos, trabajar coordinadamente en todos los niveles de gobierno y actuar con inteligencia, profesionalismo, firmeza y perseverancia.

 

Seguridad Pública
 


En un Estado social y democrático de Derecho la tarea de la seguridad pública debe propiciar un sentimiento generalizado de tranquilidad.

La inseguridad que se ha venido sufriendo afecta a todos los sectores. Tenemos claro que, sin atender esta demanda, resultará ociosa cualquier nueva propuesta de nación.

Pero no es con criterios policíacos como debe resolverse el problema. Suponer que el deterioro de las relaciones sociales se combate únicamente a través del uso de la fuerza pública y de la violencia del Estado, es rotundamente falso y muy peligroso. La ley debe aplicarse, sin duda, pero no por ello disminuirá la delincuencia y cederá la violencia social. Sin reformas sociales y sin el fortalecimiento de valores no será posible detener el deterioro de la sociedad.

Claro está que, también, enfrentar a la delincuencia demanda un combate a la corrupción, trabajo coordinado, profesionalismo, reconocimiento a los buenos servidores públicos y mucha firmeza y perseverancia.

Para la industria del crimen, nada es más benéfico que el terreno propicio de una autoridad corrupta: de ahí que procure incentivarla. La corrupción se convierte, así, en uno de los temas capitales de la seguridad pública y se vuelve un asunto de seguridad nacional, porque pone en riesgo la gobernabilidad y la fortaleza de las instituciones. La credibilidad de un gobierno puede venirse abajo, por deslealtades que suponen corrupción y es un hecho que muchos delitos no pueden explicarse sin el contubernio de servidores públicos.

Por eso, es fundamental cuidar la selección de los elementos que ingresan a las corporaciones policíacas; los sueldos; la capacitación y el establecimiento de controles efectivos y de supervisión.

En materia de coordinación, el gobierno federal no debe desatender la responsabilidad de sumar los esfuerzos en todos los niveles de gobierno, con estricto respeto a las autonomías de los estados y municipios. Pero, el problema de la delincuencia organizada no se puede enfrentar con un sistema de seguridad pública nacional desorganizado. Si la seguridad pública abarca desde la Policía Preventiva, los Ministerios Públicos y los Tribunales hasta las prisiones, es urgente definir criterios uniformes en la actuación de todas las instancias involucradas.

La delincuencia organizada es el problema más complejo que se ha presentado en los últimos años en el terreno de la seguridad pública. Los factores que incidieron en su conformación fueron, fundamentalmente, la incorporación a las bandas delictivas, de agentes del Estado que, desleales a principios, proveyeron de información y protección a células criminales.

Los delitos en que incurren estas organizaciones y que deben ser incluidos, por su gravedad, en una agenda diversa, son el narcotráfico, el contrabando y la privación ilegal de la libertad.

Ante este fenómeno, se debe tener en cuenta que lo más eficaz es el trabajo de inteligencia y la profesionalización de la investigación. En otras palabras, si hay voluntad, el combate al crimen organizado es más un problema de inteligencia que de fuerza.

Bajo esta perspectiva impulsaremos algunas acciones de reorganización de las áreas vinculadas a la seguridad pública que consideramos indispensables.

Con Respecto a la Secretaria de Seguridad Pública.

Una simple revisión del proceso de formación de la SSP nos muestra que ha carecido de un plan integral y que, más bien a respondido a circunstancias particulares o a respuestas “políticas” frente a presiones de la opinión pública.

Primero, en 1998, ante el crecimiento acelerado del crimen se creo la Subsecretaría de Seguridad Pública de la Secretaría de Gobernación. Su estructura absorbió a la anterior Subsecretaría de Prevención y Readaptación Social, así como a los órganos desconcentrados: Consejo Tutelar de Menores, Policía Federal Preventiva (PFP), Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP). Después, en enero de 1999, se promulgó la Ley de la Policía Federal Preventiva, un año antes de que existiera la Secretaría de Seguridad Pública. En su origen la PFP fue un órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación y aglutino a las policías fiscal, migratoria y federal de caminos, a miembros del CISEN y a elementos proporcionados por las fuerzas armadas. Y, finalmente, al iniciarse el gobierno panista fue creada la Secretaría de Seguridad Pública. La nueva Secretaría se integró con la estructura burocrática que tenía la Subsecretaría de Seguridad Pública de la Secretaría de Gobernación y se le agregaron los órganos desconcentrados: Policía Federal Preventiva, Secretariado Ejecutivo del SNSP, Consejo de Menores, Órgano Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social. Fue hasta el 6 de enero de 2005 se publica el Reglamento Interior de la Secretaría de Seguridad Pública, que reorganiza a la dependencia en dos Subsecretarías: la de Prevención y Participación Ciudadana, responsabilizada del ámbito penitenciario, derechos humanos, participación ciudadana y prevención del delito, y la de Política Criminal, considerada la del ramo y encargada del diseño y formulación de políticas públicas y estrategias en materia de política criminal.

Esta constante improvisación denota la falta de una política criminal definida, genera diversidad de criterios y carencia de unidad en las acciones dirigidas a conseguir la seguridad pública que reclama la ciudadanía. Lo cual se agrava aún más con la división de las responsabilidades de seguridad en los ámbitos municipal, estatal y federal, que impide una adecuada coordinación entre todos los niveles de gobierno.

Así las cosas, los instrumentos federales con los que se cuenta actualmente para una coordinación en materia de seguridad pública son:

Sistema Nacional de Seguridad Pública, cuya tarea es buscar la coordinación institucionalizada.

Secretaría de Seguridad Pública Federal, cuya tarea es generar las políticas tendientes a ejecutar el Programa Nacional de Seguridad Pública.

Policía Federal Preventiva, cuya tarea es la salvaguarda de la integridad y de los derechos de las personas y la previsión de los delitos federales.

Pero, en realidad, estas áreas no están integradas y carecen de coordinación. Por ello, consideramos necesario:

  1. Desparecer la figura del Comisionado de la Policía Federal Preventiva y dejar directamente en la SSP el Mando Operativo de la PFP.

  2. Crear dentro de la SSP una dirección operativa para que el Sistema Nacional de Seguridad Pública coordine eficazmente a todos los Estados y Municipios del País en esta Materia.

  3. Que exista una Dirección General de Información, donde se concentren todos los índices delictivos y se provea a su vez a todos los niveles de gobierno la información que permita una planeación estratégica adecuada.

  4. La intervención de la PFP debe dirigirse estrictamente a las zonas de mayor incidencia delictiva tanto federal, como estatal y municipal, actuando en conjunto y de manera coordinada.

  5. Vinculación con la Procuraduría General de la República a efecto de proporcionar información, dar seguimiento y apoyo técnico operativo en acciones encaminadas al combate a la delincuencia organizada.


Reorganización de la PGR y Principales Líneas de Trabajo.

La Procuraduría General de la República sufre una grave crisis que se manifiesta en la falta de confianza de la población respecto del desempeño de su tarea, en virtud de que desgraciadamente su actuación no da los resultados que se esperan.

Así por ejemplo, se tienen documentados casos en los que el órgano técnico en materia penal encargado entre otras cosas de la procuración de justicia no logra que un juez libre una orden de aprehensión, llegando inclusive a recibir regaños por parte de los órganos encargados de administrar justicia debido a la falta de técnica en sus planteamientos. También se advierte que en muchos de los llamados “asuntos relevantes” se comenten graves errores que llevan a la imposibilidad de detener grandes capos y, en contrapartida, se detienen y arraigan a inocentes. Por todo ello, la PGR se percibe actualmente como debilitada, vulnerable e incapaz de dar la lucha en contra de la delincuencia organizada.

El problema no se puede simplificar, pues estamos conscientes de que se trata de una problemática multifactorial, sin embargo de todas las causas que intervienen para generar esta situación, si se pueden advertir claramente algunas que cobran mayor relevancia y que exigen una nueva orientación.

1.- La falta de control centralizado respecto de las actuaciones del Ministerio Público Federal. La actual multiplicación de subprocuradores ha dispersado el mando y genera confusión y duplicidades. Es necesario, de acuerdo con las funciones sustantivas encomendadas a la PGR, regresar al sistema de contar únicamente con dos subprocuradores, el de investigaciones y el de procesos.

2.- Carga innecesaria de funciones ajenas a la tarea originaria del Ministerio Público Federal. En particular existen ambigüedades entre algunas tareas de la PGR y de la Consejería Jurídica de la Presidencia. Fortalecer a ésta última para que cumpla cabalmente con los objetivos que fue creada, permitiría la concentración de la PGR en sus funciones esenciales.

3.- Es necesario analizar y definir los criterios indispensables para que exista una autentica coordinación entre la PGR y las instancias encargadas del manejo de información de inteligencia para el combate al fenómeno delictivo.

Se trata de normar de manera eficaz la obligación de coordinarse y colaborar en el manejo compartido de datos a fin de que se logre utilizar tal información para la lucha contra la criminalidad. En la actualidad existe un gran recelo para el manejo de información y ésta sólo se abre en forma limitada, entre las entidades involucradas en está tarea estarían la PGR, el CISEN, la AFI, la PFP y el Ejército.

Para esto será necesario que el titular del ejecutivo federal instruya a los diferentes organismos y dependencias a fin de que con los instrumentos legales con los que ya se cuenta, exista la obligación de proporcionar y compartir la información que respecto de cualquier fenómeno delincuencial deba ser atendido por la PGR así mismo se deberá tener una estrecha supervisión de que se cumpla con lo ordenado por la ley y por ejecutivo federal, a fin de que no se sea como hasta ahora, solo letra muerta.

4.- Desarrollar a profundidad el esquema de las áreas que funcionan correctamente. El modelo planteado para la creación y funcionamiento de la Agencia Federal de Investigación tiene potencial de desarrollo. El problema es que el mismo se encuentra limitado pues no encuentra reflejo en las entidades federativas que reportan los índices delincuenciales más relevantes.

Esto es así, pues no obstante que sin duda se requiere una gran inversión para establecer las Delegaciones de AFI en toda la república, comenzando por aquellas zonas en las que los índices delictivos son más elevados, sin embargo, es indispensable privilegiar el área de inteligencia de la institución, pues es en ella en la que descansa su tarea fundamental de investigar los delitos.

El desarrollo futuro de la AFI requiere de la creación de una dirección de asuntos internos, encargada que se instauren procedimientos de investigación de responsabilidades de los servidores públicos que la integran.

5.- Reforzar el área de visitaduría para supervisar el trabajo de los agentes del Ministerio Público. Se considera fundamental reforzar estas áreas con personal especializado a fin de evitar el rezago en la atención de los asuntos, así como las prácticas irregulares de los servidores públicos de la institución. Es así que se estima necesario que la visitaduría amplíe sus acciones y haga una mayor presencia en el campo de la práctica y no sólo con visitas aisladas y esporádicas sino con un verdadero programa sistematizado y aprobado por el Procurador General de la República.


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