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El proyecto nacional
de crecimiento con equidad no sería
viable sin rescatar del abandono al campo y
a sus pobladores.
Promover el desarrollo
rural implica mejorar las condiciones de
vida de los campesinos y
fortalecer las actividades productivas, como
parte de la solución de los grandes
problemas nacionales.
Es obvio que primero
tiene que atenderse a la gente, evitar su
empobrecimiento; detener
la emigración masiva y mejorar las condiciones
de vida en rancherías, ejidos, comunidades
y pueblos. Pero, también, hay que considerar
que la producción del campo es fundamental
para el desarrollo nacional.
Un sector agropecuario
económicamente
fuerte, significa: alimentos y materias primas
que satisfagan la demanda interna y contribuyan
al equilibrio de la balanza comercial; exportación
de cultivos de alta densidad económica;
generación de empleos agrícolas
para reducir presiones sobre los mercados de
trabajo urbanos y generar efectos multiplicadores
sobre el empleo en otras ramas de la economía,
y una demanda interna más dinámica
que amplíe el potencial del mercado
nacional para acelerar el crecimiento económico
general.
El
Abandono del Campo
Esta tarea de reivindicación y de impulso
a las actividades productivas del campo requiere
de un cambio profundo en las políticas
implantadas durante varias décadas y,
sobre todo, exige hacer a un lado la vieja
concepción que privilegió el
sector industrial, como el motor del crecimiento,
discriminó en contra de la agricultura
y estableció el sesgo urbano. Estas
concepciones orientaron todo el sentido de
las políticas públicas y definieron
prioridades en el gasto fiscal. Este sesgo
urbano no se eliminó con el modelo neoliberal;
por el contrario algunos elementos negativos
se agudizaron al someter la agricultura a la
competencia con la potencia agroindustrial
exportadora mundial, que además dedica
cuantiosos recursos fiscales para financiar
un costosísimo sistema de subsidios
que alejan los precios de exportación
de los costos productivos. En el modelo aplicado
durante las décadas pasadas, se procuró elevar
la productividad del campo mediante la competencia
externa, reconocidamente desleal y reduciendo
el empleo. En las nuevas políticas se
consideraba que sólo son viables aquellos
cultivos que compitieran exitosamente, en los
mercados externos y también en en el
mercado interno frente a las importaciones.
Los demás cultivos, el grueso de la
población campesina, los pequeños
productores de granos básicos, maíz
y frijol, no tenían viabilidad económica
y debían aceptar, resignadamente, las
condiciones impuestas por el mercado. Algo
así como la libertad del zorro en el
gallinero.
La concepción neoliberal partió de
una premisa simplista e ineficaz: se suponía
que sólo era cuestión de dejar
en libertad a los agentes privados y a las
fuerzas espontáneas del mercado, para
incrementar las inversiones de capital en el
sector agropecuario, así como elevar
la eficiencia y la producción de alimentos
y materias primas, básicamente frutas
y hortalizas que se consideraban eran los productos
en los cuales México tiene ventajas
comparativas en la región TLCAN. Todo
ello, en el marco de una apertura comercial
que se realizó a marchas forzadas a
partir de los años ochenta, y que fue
amarrada con el Tratado de Libre Comercio con
Estados Unidos y Canadá (TLCAN).
A partir de lo anterior,
los tecnócratas
redujeron subsidios, eliminaron aranceles y
permisos previos de importación y dejaron
de considerar necesaria la inversión
pública destinada al sector agropecuario.
Se acumuló y agigantó el déficit
en inversiones en el campo que ya venía
desde los años cincuenta. Las inversiones
que se realizaron, además de limitadas,
se concentraron en la agricultura moderna,
de gran escala, productora de insumos para
la industria o destinada a la exportación.
Se abandonó al pequeño productor
de alimentos para el mercado doméstico.
La aplicación de una política
de apertura comercial, apresurada y sin límites
estratégicos, pronto originó que
los productores nacionales quedaran en abierta
desventaja para competir con los del extranjero.
Esto favoreció principalmente a los
productores de Estados Unidos, que pueden vender
más barato en el mercado mundial porque
poseen mejor tecnología y reciben subsidios,
compensaciones y créditos blandos de
su gobierno, mientras en México los
productores no gozan de los mismos beneficios
y más bien están abandonados
a su suerte. Estos efectos golpearon especialmente
aquellos sectores en los cuales México
compite con los Estados Unidos: granos básicos,
especialmente maíz, soya, frijol, sorgo.
Los efectos de la
apertura comercial se agravaron con la estrepitosa
disminución de la
inversión pública destinada al
sector agropecuario. En el trienio 1980-1982
fue de 1.48 por ciento del PIB en promedio
y para el trienio 2001-2003 apenas representó el
0.68 por ciento.
Además, comparando los mismos periodos,
el gasto público global en fomento agropecuario,
que incluye inversión, apoyos a la comercialización,
extensionismo, sanidad vegetal y animal y otros,
cayó del 2.93 al 0.58 por ciento del
PIB.
Entre las partidas
afectadas figura el gasto en ciencia y tecnología para el sector
agropecuario, forestal y pesquero. Aquí es
menester señalar que aún cuando
organizaciones internacionales como la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) recomiendan que el
gasto de los países en ciencia y tecnología
alcance por lo menos el uno por ciento del
PIB (los países desarrollados gastan
alrededor del 3 por ciento), México
sólo destinó a este rubro el
0.42 por ciento en 2003 y al sector agropecuario,
forestal y pesquero correspondió, apenas,
el 0.3 por ciento del PIB. Según la
misma institución, al tiempo que, en
el año 2000, los Estados Unidos destinaron
4 mil millones de dólares en desarrollo
científico y otros gastos conexos para
el sector agropecuario, México canalizó 150
millones de dólares.
En materia de crédito, el destinado
al sector agropecuario presentó también
una espectacular caída. En específico,
la banca nacional de desarrollo disminuyó sus
créditos agropecuarios de 18 mil 643
millones de pesos por año, durante el
trienio 1980-1982, a 3 mil 815 millones de
pesos por año, durante el trienio 2001-2003
(a precios de 1994); y la banca comercial redujo
el crédito agropecuario de 15,782 millones
de pesos anuales a 7 mil 492 millones anuales
en el mismo lapso.
Es más: aunque la escasez de crédito
durante la época neoliberal ha perjudicado
a todos los sectores de la economía
del país, los créditos de la
banca comercial y de desarrollo, destinados
a la industria y los servicios no financieros
pasaron, en los mismos trienios comparados,
de 66.1 por ciento del crédito total
destinado a empresas y particulares, al 58.8
Mientras, los créditos destinados al
campo bajaron del 14.7 al 5.4 por ciento.
Los más afectados, en todos sentidos,
han sido los campesinos. La superficie de cultivo
habilitada por la banca de desarrollo se redujo
de 6 millones 563 mil hectáreas por
año, en el trienio 1980-1982, a sólo
1 millón 424 mil hectáreas por
año, en el periodo 2001-2003.
Por si fuera poco,
el sistema de precios de garantía para las cosechas básicas,
instituido durante el gobierno del general
Lázaro Cárdenas, fue eliminado
por la tecnocracia neoliberal con el pretexto
de que era una política agrícola
anticuada. Sin embargo, este instrumento sigue
siendo utilizado en otros países para
otorgar certidumbre a la producción
agropecuaria. Por ejemplo, en Estados Unidos,
la Ley Agrícola 2002-2007 lo establece
bajo la forma de “ingreso objetivo”,
para garantizar los precios del maíz,
trigo, soya, arroz, sorgo y otros.
El conjunto de políticas de desarrollo
económico, las de la sustitución
de importaciones y el modelo neoliberal actual,
han discriminado contra el sector agropecuario
y han generado un grave rezago productivo del
sector agropecuario en relación con
el crecimiento de la población, y lo
que es más grave, ha sido un descenso
que no se corresponde ni con el verdadero potencial
del sector que tiene México ni con su
nivel de desarrollo actual. Es perfectamente
posible y conceptualmente justificable, aún
por teorías económicas ortodoxas,
que el sector agropecuario mexicano debería
tener un peso mayor en el PIB que el que hoy
tiene de solamente 4%-4.5%, con lo cual se
elevaría su productividad y permitiría
retener empleo y desacelerar el alarmante abandono
del campo. Del trienio 1980-1982 al trienio
2001-2003, el PIB agropecuario forestal y pesquero
por habitante se redujo 11.1 por ciento. En
otras palabras: mientras la producción
total de alimentos avanzó a un ritmo
anual de 1.4 por ciento, la población
del país creció, en el periodo
de referencia, a una tasa del 1.9 por ciento
anual.
Entre los productos
afectados se encuentran los principales granos
(maíz, frijol,
trigo, arroz, soya, sorgo, cártamo y
ajonjolí), cuya cosecha disminuyó de
341.2 kilogramos por habitante, a 304.5 kilogramos,
es decir se redujo 10.8 por ciento durante
el mismo lapso.
La producción de carnes rojas (bovina,
porcina, ovina y caprina) disminuyó de
36.5 kilogramos por habitante a 25.5 kilogramos,
una reducción de 30.2 por ciento; la
producción de leche bajó de 103.9
litros por habitante, a 95.8 litros, una reducción
del 7.9 por ciento; y la producción
de maderas disminuyó de 131.6 decímetros
cúbicos por habitante, a 73.2 decímetros
cúbicos; una caída de 44.2 por
ciento.
El dispar crecimiento de la producción
y de la población significa que se debe
satisfacer el aumento en la demanda con crecientes
importaciones, es decir se eleva la dependencia
alimentaria del exterior y consecuentemente
se presiona a las cuentas externas de la economía.
Esta es una estrategia que nunca siguieron
los países desarrollados y que aún
hoy se niegan a seguir y menos tan rápidamente
como lo hicieron los negociadores de la apertura
y del TLCAN.
En efecto, , las importaciones
agroalimentarias crecieron de 2 mil 756 millones
de dólares
anuales, en el periodo 1980-82, a 5 mil 562
millones en el trienio 1991-93, antes de la
entrada en vigor del TLCAN; y a 11 mil 881
millones de dólares por año,
en 2001-2003, con la particularidad de que
en 2003 alcanzaron los 12 mil 833 millones
de dólares, cifra superior al ingreso
de inversión extranjera directa que
ascendió a 10 mil 731 millones de dólares
en ese año.
Es cierto que la agricultura
de exportación
ha crecido pero se ha descuidado la producción
para el mercado interno, al grado de que el
incremento en las exportaciones no ha contrarrestado
el crecimiento de las importaciones de alimentos
y materias primas. De manera que el déficit
en la balanza comercial agroalimentaria pasó de
694 millones de dólares anuales, en
el periodo 1980-1982, a 3 mil 55 millones de
dólares por año, en el trienio
2001-2003.
Hay que recordar que,
por cada dólar
en alimentos que México importa, no
sólo transfiere al exterior divisas
escasas que podrían utilizarse para
otros fines. También el país
pierde empleos rurales, sub-utiliza sus recursos
naturales, reduce los ingresos campesinos y
aumenta la pobreza rural afectando a toda la
economía. En efecto, con esta estrategia
se pierden los efectos multiplicadores de la
actividad agropecuaria sobre la producción,
el empleo y la inversión en otras ramas
de la economía.
Pérdida
de Empleos Rurales
Debemos subrayar que,
a causa del deterioro agropecuario, y por
los cambios en la estructura
de la producción agropecuaria que ha
inducido la apertura hemos perdido empleos
rurales. En 1993, la población ocupada
en el sector agropecuario era de 8 millones
842 mil 774 personas y, en el 2003, se redujo
a 6 millones 813 mil 644; es decir, se perdieron
dos millones de empleos en el campo, tan sólo
en este periodo. En consecuencia, se ha incrementado
la emigración del campo hacia las grandes
ciudades y hacia el extranjero.
Quizá lo más grave de todo
es la creciente emigración de mexicanos
a los Estados Unidos de Norteamérica.
El abandono al campo no ha dejado otra alternativa.
Millones de mexicanos, por necesidad, se han
visto obligados a abandonar sus comunidades
de origen.
Según cifras del CONAPO, durante los
primeros tres años del gobierno de Vicente
Fox, el flujo neto de emigrantes mexicanos
a Estados Unidos de América aumentó a
un nivel histórico de 410 mil personas
por año. En los últimos tiempos,
México se ha convertido en el país
que más mano de obra expulsa al extranjero.
Flujo neto anual (entradas menos salidas) por
periodo
De 1960
a 1970 |
290
000 |
29 000 |
1 |
De 1970
a 1980 |
1 550
000 |
155 000 |
1 |
De 1980
a 1990 |
2 600
000 |
260 000 |
1 |
De 1990
a 1995 |
1 575
000 |
315 000 |
1 |
De 1996
a 1999 |
1 182
000 |
295 000 |
2 |
De 2000 a 2003 |
1 230 000 |
410 000 |
3 |
1/ SRE. Estudio
Binacional México-Estados
Unidos. México, 1997.
2/ Estimaciones del Consejo Nacional de Población.
3/ Estimación de Milenio Semanal, con
base en los datos más reciente de CONAPO.
Este fenómeno socioeconómico
ha venido sobreponiéndose, incluso,
al profundo arraigo cultural que existe en
comunidades indígenas y campesinas del
sur del país. Antes, la emigración
era, fundamentalmente, de los estados del norte
y centro del país. Ahora, los campesinos
de estados como Veracruz, Chiapas, y Tabasco,
sobre todo los jóvenes, están
optando por emigrar; y, en muchas comunidades,
como sucede también en otras entidades,
sólo están quedando los niños,
las mujeres y los ancianos. Por otra parte
la emigración desmiente ciertos prejuicios
sostenidos por definidores de política
en el sentido de que el campesino es conservador,
que le teme al cambio a la innovación,
que no asume riesgos y que al no ser “modernizable” no
vale el esfuerzo de desarrollar políticas
para elevar la productividad del sector campesino.
Que gran falacia.
Todo ello, insistimos,
a pesar de que existen recursos naturales
en abundancia, que hay un
profundo amor por la tierra y una vocación
productiva, como en pocos países del
mundo. Pero quienes dirigen la política
vigente no piensan ni miran hacia el campo.
Por el contrario: cada vez se escucha más,
en las esferas gubernamentales, la conveniencia
de aceptar que la gente deba irse trabajar
a los Estados Unidos: llegan a plantear que
el gobierno debe llevar a cabo un programa
de capacitación para jardineros, enfermeros
y especialistas en atender a adultos mayores.
Porque, según los neoliberales, en Estados
Unidos cada vez habrá más demanda
de este tipo de trabajadores, debido al envejecimiento
de la población.
Las
Acciones
Obviamente, no puede
aceptarse la situación
descrita como la única opción
que existe para el campo. Sería como
rendirnos o renunciar a nuestra capacidad de
desarrollo soberano. Desde luego, estamos conscientes
de que no sería fácil revertir
el profundo deterioro del campo mexicano: es
mucho el atraso, el abandono y la miseria.
Pero también creemos que, con una acción
gubernamental decidida y eficaz a favor del
campo y sus pobladores, es posible revertir
la devastación y dar paso al progreso
productivo y al bienestar social.
Nuestra
Propuesta:
-
Un programa
integral de fomento agropecuario, instrumentado
de manera concertada con los
productores rurales y bajo un criterio incluyente
en las
tareas y los beneficios del desarrollo. Se
trata de armonizar y apoyar, al mismo tiempo,
la producción
de autoconsumo, la producción para el
mercado interno y la producción para
exportar. El principal actor del cambio es
el pequeño
y mediano campesino, en donde radica el potencial
de crecimiento.
Una
agricultura de exportación dinámica
no se contrapone a una agricultura fuerte para
el mercado interno. Nuestra experiencia histórica
así lo indica: desde los años 40
hasta los 60, las exportaciones agropecuarias
generaron más de la mitad de las divisas
que ingresaron a México por exportación
de mercancías; y, al mismo tiempo, el
campo mexicano satisfizo la demanda interna
de alimentos y materias primas agropecuarias.
Habría que promover el fortalecimiento
de la economía de autoconsumo y el potencial
de la agricultura de pequeña y mediana
escala. El propósito es que, con pequeños
apoyos, se fomenten las actividades productivas
tradicionales, pero elevando su productividad.
El rescate del campo supone revalorar la importancia
que tiene la unidad de producción campesina.
Tomemos en cuenta que hay comunidades y pueblos
con actividades productivas integradas o complementarias
que han permitido el sustento, por muchas generaciones,
de sus pobladores.
Es
básico revalorar cultivos y tecnologías
tradicionales que hemos venido olvidando, debido
a una mal entendida modernidad. Un caso concreto
es el manejo de solares o patios para el cultivo
de hortalizas, árboles frutales, maderables
y plantas medicinales que, en combinación
con la crianza de gallinas y cerdos, puede
significar un importante apoyo a la economía
familiar.
Esto
ha sido reconocido incluso por el Banco
Mundial, en donde se define a la pequeña
propiedad agropecuaria como a más racional
y eficiente unidad de explotación capitalista
agrícola”
Hay
casos excepcionales en comunidades indígenas
en donde todavía se produce prácticamente
todo lo que se consume. Está también,
por ejemplo, lo que históricamente se
ha venido dando en pueblos como los de Tlaxcala
donde los campesinos, en pequeñas porciones
de tierra, cultivan maíz, con buena
productividad, y tienen en sus patios borregos,
chivos, vacas
y el telar dentro de la casa.
Hoy,
en vez de alentar estas formas propias
de producción, se ha venido optando
por instalar granjas avícolas y
porcinas, con animales de “raza” que
son menos resistentes a las enfermedades
y dependen de
insumos y alimentación especial o balanceada,
producida por empresas comerciales de afuera
de la comunidad, con poca o nula utilidad y
beneficio para los campesinos.
Es por ello lamentable que, en algunas comunidades,
los campesinos tengan que comprar rejas de
huevos de granja y gallinas de desecho, cuando
ellos
mismos pueden producir y comercializar estos
alimentos.
La
acción gubernamental que proponemos
debe orientarse al otorgamiento de créditos
a la palabra, para la compra de animales, granos
y semillas; materiales de trabajo, insumos
y todo aquello destinado a fortalecer las actividades
productivas y las tecnologías tradicionales.
Específicamente, podríamos
fortalecer desde abajo y con la gente, la economía
de las familias campesinas. Para ello, se convocaría
a una gran cruzada nacional a favor del campo,
incorporando a la actividad promotora a más
de 20 mil agrónomos desempleados o subocupados
fuera de su profesión, con criterio
de servicio social y sensibilidad a las realidades
agropecuarias y culturales de nuestras comunidades
rurales.
Apoyar
estas actividades debe significar una mejoría
en la alimentación,
el ingreso, la autosuficiencia, el bienestar
y fortalecer
la identidad cultural.
No
basta crear empleos en el sector moderno,
que siempre serán insuficientes. La
absorción
de la población rural por otros sectores
de la actividad económica requeriría
tasas de crecimiento superiores al diez por
ciento. Hace falta, pues, allegar al campo,
a las pequeñas
comunidades, medios de producción baratos
y hay que recuperar la economía de subsistencia,
que permite producir para las necesidades familiares
y propiciar una inserción, por modesta
que sea, en el mercado.
Para fomentar la producción del mercado
interno es necesario pasar a un nuevo sistema
de precios de garantía o generalizar el
sistema de “ingreso-objetivo” que
fue introducido en México a raíz
de las movilizaciones campesinas de 2003, pero
haciéndolo extensivo a todas las regiones
del país y a productos básicos
que hoy están excluidos, de manera que
el sistema de precios o ingresos garantizados
abarque todos los granos básicos (maíz,
frijol, trigo y arroz), las principales oleaginosas
y fibras textiles (algodón, soya, cártamo,
ajonjolí), así como el sorgo y
la cebada. El programa tendría un carácter
multianual con horizonte de diez años.
De
esta manera, podría darse certidumbre
a la producción agropecuaria, corrigiendo
el carácter discriminatorio del actual
sistema de apoyos a la comercialización,
que tiene un fuerte sesgo a favor de pocas
regiones productivas, de modo que la mayoría
de los productores del país, incluidos
los campesinos de subsistencia que, también
generan excedentes para el mercado, quedan
excluidos de estos apoyos y tienen que vender
barato lo
que producen.
Es fundamental apoyar las actividades agropecuarias
de alta densidad económica para su exportación.
México tiene, desde hace décadas,
un lugar ganado en el mercado mundial, en cuanto
a la exportación de café, aguacate,
jitomate, melón, garbanzo, mango y otros
numerosos productos hortícolas y frutícolas.
En todos estos casos, debe mejorarse la tecnología,
la calidad y facilitar todos los procesos de
comercialización hacia el extranjero.
En cuanto a los actuales programas gubernamentales
como Procampo, Alianza para el Campo y otros,
proponemos una revisión de fondo, para
que se conviertan verdaderamente en un instrumento
de fomento al sector agropecuario. Deben revisarse
para eliminar sus aspectos reconcentradotes del
ingreso y de exclusión de un gran número
de productores.
Además, este subsidio debiera vincularse
a otros programas, como los de asistencia técnica,
capitalización integral, redes de comercialización
y a esquemas de financiamiento a cambio de
compromisos de desempeño de los productores.
A
su vez, los recursos de Alianza para el
Campo tendrían que ser federalizados,
a fin de apoyar el desarrollo agropecuario
desde las
regiones.
Debemos invertir en infraestructura rural
a fin de aprovechar nuestro potencial de superficie
irrigada; mejorar la utilización del agua
en los actuales distritos y unidades de riego;
construir y rehabilitar los caminos rurales y
las carreteras, para facilitar y abaratar el
desplazamiento de las cosechas; multiplicar y
ampliar los centros de investigación y
transferencia de tecnología y rehabilitar
y ampliar las bodegas rurales.
Además de los beneficios para el sector
agropecuario, estas inversiones permitirían
generar empleos directos en la construcción
y serán factor de arrastre del crecimiento
económico nacional.
Se debe incrementar el crédito al
sector agropecuario a través de la banca
nacional de desarrollo, pero también de
la banca comercial con redescuentos de FIRA;
y apoyar el desarrollo de nuevos intermediarios
financieros en el medio rural, promoviendo la
organización de los propios productores.
Asimismo,
se tendría que fortalecer
el sistema de seguro agropecuario otorgando
apoyos fiscales.
Para
asegurar la continuidad de las acciones
de fomento, el presupuesto agropecuario debería
elevarse significativamente y así mantenerlo
constante en términos reales hasta el
2012. Debe buscarse igualmente una mayor sinergia
entre la inversión que requiere la infraestructura
productiva y la que requiere el sector agropecuario
para en su caso maximizar el efecto de aumentos
en la inversión pública. Lo mismo
debe hacerse con la inversión que se
dedique a los programas de conservación
y acopio de agua.
Una prioridad tendría que ser la investigación
científica destinada al campo. Para ello,
se deben fortalecer los centros de investigación
agropecuaria del país (INIFAP, CINVESTAV
y otros), así como las universidades agropecuarias,
dando atención a las diversas opciones
tecnológicas. La innovación productiva
en los predios agrícolas sería
estimulada a través de incentivos y
de un eficiente sistema de extensionismo agropecuario
y forestal.
De
manera particular, debe darse mayor atención
al conocimiento, la conservación y la
explotación racional y sustentable de
los bosques. Es lamentable que, habiendo condiciones
favorables para el desarrollo de la silvicultura,
se haya permitido la deforestación de
grandes extensiones del territorio nacional.
Se ha llegado al extremo de importar el 50
por ciento de la madera y derivados que consumimos
en el país.
Es necesario impedir una mayor degradación
de nuestro territorio. Se debe luchar por la
conservación y el mejoramiento del medio
ambiente, fomentando en la sociedad una conciencia
ecológica que reconcilie a las personas
con la naturaleza; se ha de promover el cuidado
de nuestra biodiversidad, atendiendo especialmente
la flora y la fauna, que se encuentran en vías
de extinción e introducir incentivos
para el aprovechamiento racional de los recursos
naturales
y el desarrollo ambiental.
En
este aspecto, es menester dar mucho impulso
a los cultivos orgánicos e inducir,
en la medida de lo posible, la reducción
del uso de agroquímicos.
Un
punto central no sólo para el desarrollo
agropecuario sino para la conservación
del medio ambiente es la definición
de una política para el acopio, manejo
y distribución del agua.
Con los países integrantes del TLCAN,
debemos buscar negociar diversos esquemas de
cooperación, a través de acuerdos
complementarios que coadyuven a superar las asimetrías
existentes en tecnología, productividad
y apoyos al campo.
Considerando
la atención especial que
debe darse a la producción y comercialización
de maíz y frijol ?de cuyo cultivo dependen
alrededor de tres millones de familias campesinas?
es indispensable instrumentar un mecanismo
permanente de administración de las
importaciones, haciendo uso de la negociación,
como describimos en el Compromiso No 19.
Independientemente
de estas negociaciones, es necesario hacer
valer todos los instrumentos
(aranceles, salvaguardas, normas técnicas
y otras disposiciones) que México tiene
en el TLCAN y que por ahora le permiten aplicar
aranceles a las importaciones a fin de salvaguardar
nuestra producción interna de alimentos
y contrarrestar prácticas desleales
de comercio internacional.
En resumen, nuestra propuesta es reintroducir
políticas de desarrollo
al campo para revertir gradual, pero tangiblemente en el mediano plazo,
el profundo deterioro de todo el sector
agropecuario y dar paso al progreso
y al bienestar social.
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